Ricos y pobres se ponen cita en el cementerio para estar acompañados hasta la eternidad.
LA TUMBA DEL PUEBLO
Al oriente el cerro de Monserrate, al occidente el aeropuerto El Dorado, entre estos dos puntos se encuentra el Cementerio Central de Bogotá, uno de los sitios más representativos de la ciudad, por su contexto histórico, cultural y arquitectónico.
Por: Yeison David Ruiz
yeisondavidr@hotmail.com

En el barrio Santa Fé, localidad de Los Mártires, exactamente en la Carrera 20 No. 24 – 80, se encuentra ubicado el Cementerio Central, el más antiguo de Bogotá. Entrando por puerta principal y con muchos prejuicios y miedo (hacia los muertos) di mis primeros pasos encontrando las tumbas de grandes personajes colombianos, como lo fueron en su época ex presidentes de la talla de Aureliano Gómez y Gustavo Rojas Pinilla; tumbas que reflejan su posición en la sociedad, adornadas en mármol negro con incrustaciones en cobre, resaltando los diseños más contemporáneos de la época.
En la entrada, una mujer con unos kilos de más, una gorra roja, cachetes colorados, sentada en una butaca de madera, vende velas de cebo a un lado de las velas dos directorios telefónicos y otros atados de periódico, promociona su mercancía y saluda a todos los visitantes, entre ellos una mujer de unos cincuenta años que le pide siete velas de cebo, envueltas en una hoja de periódico. Esta mujer se persigan y con mucha devoción empieza a rezar después de poner las velas en una lata negra acompañando más atados de velas. Desde una distancia prudente observo la pasión con la que la mujer ora.
En el momento que la mujer se retira con paso lento y pausado me acerco al puesto de velas y con prudencia le pregunto a la vendedora ¿por qué ponen esas velas en la lata? Y con la calidez que saluda a sus clientes me responde, “son peticiones que les hacen a las ánimas benditas”, ¿pero por qué así en atados de siete? – “Son para cada uno de los días de la semana”, responde.

El guardia Peña Malangón, con una cara amable y un gran conocimiento de la historia del cementerio y sus huéspedes, camina adelante mío señalando con su bolillo las tumbas de personajes reconocidos, protagonistas, paraduchos ciudadanos de milagros, como el caso de Leo Sigifredo Kopp, un comerciante que introdujo la cerveza a Colombia a mediados de 1880 y con un gran sentido filántropo; regaló toda su fortuna a los pobres, a tal punto que murió en la miseria, las personas más devotas a este “ángel milagroso”, como le atribuyen muchos, son indigentes, ladrones, prostitutas y drogadictos, los cuales se acercan a su estatua y le susurran al oído sus peticiones.
Con mi miedo hacia los fantasmas, era un pensamiento que no me podía quitar, hasta que le pregunté al guardia ¿pero acá asustan? Tranquilamente me respondió – “no, es como cuando está en su casa y se le cae algo, usted no se asusta pero si le pasa acá, sí porque está sugestionado”; envalentado y por demostrarme a mí mismo, me atreví a entrar a una especie de cripta, por tumbas incrustadas en la pared, un olor húmedo que me penetraba por la nariz hasta el punto de hacerme llorar los ojos, las flores marchitas dan razón de el abandono por parte de los familiares; en menos de un minuto creo yo que, por el olor, me comenzó un fuerte dolor de cabeza que me hizo salir de la cripta.

Los factores presentes en el cementerio hacen que se dé un ambiente de misterio, después de una fuerte lluvia, me acerqué a una tumba en la cual se veía vapor saliendo del mármol. En el primer momento mi impresioné, pero después de analizar la situación caí en cuenta que era agua que se evaporaba por el mármol caliente, un fenómeno claramente explicable. Es como dice mi abuela –“mijo, téngale miedo a los vivos no a los muertos”.
Poco a poco recorro los pasadizos del Cementerio Central en los cuales veo lotes y mausoleos que pertenecen a familias prestantes de Bogotá, es el caso de la familia Michelsen, donde se encuentra el féretro del difunto Alfonso López Michelsen, donde una tumba puede llegar a costar desde $1´000.000 hasta $5´000.000 de pesos, y un mausoleo aproximadamente $50´000.000 precios que me hacen pensar que en estos tiempos morir sale caro.
En otra esquina se encontraba las estatuas doradas, adornadas con rosas y una pequeña fila enfrente de ella, de personas fieles creyentes de las hermanas Bodner: dos niñas que murieron jóvenes, según el guardia Peña, una ahogada y la otra se suicidó después de la muerte de su hermana. Estas extrañas creencia son una muestra de la cultura colombiana.
Por un momento me olvido que estoy en un cementerio y pareciera un turista más, tomando fotos a los monumentos, pero al llegar a uno de los tantos pasadillos me topé con una madre arrodillada en una tumba, rezando mientras por sus mejillas caían lágrimas negras pintadas por el maquillaje, gotas del alma que por su color reflejan toda la tristeza y luto que lleva consigo en su corazón.
Cuando la imagen no podía ser más triste y desgarradora comienza a oscurecerse el cielo y una vez más a llover; corrí al despacho donde aguardé por más de 45 minutos, viendo cómo el agua mojaba las tumbas como si el cielo también llorara la presencia de estas personas en la Tierra.

Fundado en 1837, y con ciento sesenta años de historia que comenzó la hija del general Santander, que fue la primera en ser sepultada por órdenes del mismo general, quien fue el que fundó el cementerio, según cuenta el amable vigilante Peña.
Con frío y una imagen diferente de los cementerios, la historia que en sus paredes encierran y sus pastos entierran, personajes importantes a los que se les hace un homenaje en sus tumbas y personas del común a las que en sus pequeñas sepulturas se les rinde tributo. Lugares en la pared o bajo tierra con riquezas o en su humilde posición, son lo mismo huesos inertes, sin ningún valor más que el sentimental que le dan los demás, por acciones buenas y malas que realizaron en vida, esto ya no vale a la hora de morir, ya no podemos hacer nada para corregir nuestros errores ni para tocarle el corazón a alguien con un te quiero.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados